• home
  • Contacto Contacto
  • home (0034) 91 5427251
    (0034) 91 5475613. Nuestro horario de atención telefónica al cliente, en Español, Francés e Inglés es de lunes a viernes de 10h-13:30h & 16:30h-20h, en japonés de lunes a viernes 17h-20h, sábados de 10h-14h. Permaneceremos cerrados por fiesta los días 1 de Enero, 18 de Marzo, 28 & 29 de Marzo,1, 2 y 15 de mayo, 15 de agosto, 12 de octubre, 6, 8 & 25 de Diciembre.
  • Ayuda Ayuda
  • Situación de pedido Situación de pedido
  • Acceso Mayoristas Acceso Mayoristas
  • Blog Blog
  • TV TV
  • FACEBOOK Facebook
  • TWITTER Twitter
Order Situación de pedido FAQS Ayuda Access Acceso Mayoristas

3 paseos por la ciudad

Indice

Sevilla es la ciudad que se apiña a la sombra de la Giralda, tomada por legiones de turistas y coches de caballos; la ciudad hechicera del barrio de Santa Cruz, llena de leyendas, rinconsitos y bares de tapas; la ciudad que se estira a la orilla del río Guadalquivir, desde el puente de Triana hasta el parque de María Luisa. Esencial, mítica y ribereña.


Sevilla esencial (o para unas prisas)

Sevilla es mucha Sevilla para verla en un solo día, pero si uno anda apurado puede darse un garbeíllo por lo más céntrico y fundamental: la catedral, la Giralda, el Real Alcázar... Es una zona peatonal en su gran mayoría, en la que sólo se siente el zumbido de los modernos tranvías y el casca beleo de los coches de caballos, carruajes donde los turistas se apretujan para rentabilizar los 40 euros del paseo. 

El recorrido comienza en la plaza Nueva, amplia y cuadrilonga, presidida por la estatua ecuestre de Fernando III el Santo, el rey que conquistó Sevilla en 1248. Aquí abre su puerta principal al Ayuntamiento (www.sevilla.org), la gran construcción plateresca de la capital emprendida en 1527 por iniciativa de Carlos V. Lo más vistoso del interior es la sala capitular, con su techumbre de piedra compuesta por 35 casetones en los que aparecen esculpidos los retratos de los reyes de España anteriores a Felipe II. Y del exterior, la fachada trasera, con su multitud de puertas y ventanales acompañados  de medallones de personajes mitológicos e históricos. Nadie diría, viendo tanta figura egregia, que dentro se discute sobre saenamientos, recogida de basuras y otros negocios similares.

Para admirar esta fachada, la posterior, hay que atravesar un pasadizo monumental conocido como el Arquillo y plantarse en la vecina plaza de San Francisco. Desde los días del rey san Fernando, éste fue el espacio público más importante de la ciudad, escenario público más importante de la ciudad, escenario habitual de torneos, juegos de cañas y corridas de toros. Y también de ejecuciones públicas, que en tiempos de la Inquisición se celebraban a razón de una cada tres semanas y congregaban a más de 20'000 personas, atraídas no tanto por la escabechina como por los 40 días de indulgencia que concedía el arzobispo a los asitentes. Frente al Ayuntamiento se levanta la antigua Audiencia, actualmente sede de una entidad bancaria, con su gran soportal y su patio del mejor estilo sevillano.

De la plaza se sale por la archifamosa calle de Sierpes, que no tiene nada de particular pero ha sido señalada por el destino como zona de máximo trasiego y punto de encuentro universal, alrededor del cual se concentran bares de tapas, cafés y confiterías como La Campana, la más célebre de la ciudad. Es la arteria comercial más importante, pródiga en tiendas de moda y en almacenes de toda la vida donde se venden sombreros, abanicos o mantillas. Y también la vía literaria por excelencia: una lápida, al poco de entrar en ella, recuerda que aquí estuvo la Cárcel Real, donde el reo Cervantes, para matar el tiempo, empezó a escribir el Quijote; la misma prisión de la que se fuga Carmen, la heroína de la ópera de Bizet, con la ayuda de don José. Azorín, Baroja, Cela y muchos otros han escrito sobre esta calle tan especial y tan corriente.

Doblando a la izquierda, por la calle de Jovellanos, se accede a la capillita de San José, antigua sede del gremio de carpinteros, barroca a más no poder. Mientras que, a mano derecha, por Sagasta, se va a la plaza del Salvador, lugar de terrazas y bodegas que es como un imán oara jóvenes estudiantes y extranjeros. Esta céntrica plaza, que a lo largo de la historia ha sido de todo - parte del foro romano, mercado de frutas y hortalizas e incluso cementerio - está dominada por la mole barroca de la iglesia del Salvador (www.colegialsalvador.org), el templo más grande y suntuoso de la ciudad después de la catedral, que se erige sobre los restos de la mezquita de Ibn Adabbas, la cual, a su vez, fue la mayor de la Sevilla mora hasta el siglo XII. Dentro pueden verse el Jesús de la Pasión, de Martinez Montañés, y el Cristo del Amor, de Juan de Mesa, que los que saben de imaginería dicen que tienen mucho mérito.

Los restos de la mezquita se descubren saliendo de la iglesia hacia la calle de Cordoba. Luego hay que subir por ésta y atravesar a lo largode la plaza de Jesús de la Pasión, de hondo sabor popular, para dirigirse por las calles de Francos y de Placentines, con la Giralda ya a la vista, a la plaza de la Virgen de los Reyes, donde, además de la celebérrima torre, se alzan el palacio Arzobispal y el convento de la Encarnación. Detrás de este último se acurruca, al fondo de un callejón sin salida, una de las placitas más encantadoras de la ciudad, la de Santa Marta. Una blanca cruz en la que dibujan corazones los enamorados emerge de su suelo enchinarrado, bajo un cielo verdinegro de naranjos, en un silencio de cámara acorazada... No da la impresión de estar a 50 metros de la ajetreada catedralm, sino a 50 kilómetros.

El acceso para visitantes de la catedral es la puerta meridional, la de San Cristobal, inconfundible por haber delante de ella una répilica del Giraldillo, la estatua de bronce de cuatro metros y más de 1000 kilos que corona la Giralda. A juego con tamaña veleta, el templo de cinco naves con unas dimensiones sólo superadas por San Pedro de Roma y San Pablo de Londres. Y también la neogótica catedral de San Patricio de Nueva-York. Sus riquezas se concentran en la capilla mayor, en el coro, en la capilla real y en la sacristía maypr,, esta última decorada con varios cuadros de Murillo. Cualquier lugar u objeto en que se ponga la mirada es un tesoro artístico. 

El ritual del turista exige subir a lo alto de la Giralda caracoleando por sus 35 rampas, y las normas de visita de la catedral, salir por la puerta norte, la del Perdon, despues de atravesar el patio de los Naranjos. Una vez en la calle, se ha de rodear la catedral hacia la izquierda, por la avenida de la COnstitucion, para acercarse a conocer el vecino Archivo de INdias (www. mcu.es/archivos/MC/AGI/). Levantado a finales del siglo XVI sobre los planos de Juan de Herrera, este edificio cuadradote fue lonja de mercaderes hasta 1785, en que Carlos III mandó reunir en él toda la documentación referente a las colonias americanas. Son 86 millones de páginas manuscritas y alrededor de 8000 mapasp y dibujos, que periódicamente salen a la luz en alguna de las muchas exposiciones que aquí organizan.

El Real Alcazar que está justo detrás ofrece la vista más intersante de toda la ciudad. En este palacio-fortaleza que Abderramán ordenó construit en 913, ceñido por una muralla de um kilómetro y medio de longitud, los elementos artísticos musulmanes se mezclan, en muy equilibrada elegancia, con los góticos, renacentistas y barrocos añadidos por los reyes cristianos. Maravillas entre sus maravillas son el palacio de Pedro I, gloria del mudéjar, y los jardines, los más bellos de Sevilla, llenos de árboles majestuosos, estanques, galerías, templetes y rincones musteriosos. Se entra por la puerta de León y se sale, tres o cuatro horas después, por el patio de Banderas, donde acaba el paseo y empieza el siguiente.

El legendario barrio de Santa Cruz

El barrio de Santa Cruz fue uno de los barrios donde tuvo su asiento la comunidad hebrea sevillana, la cual debió de ser bastante grande, con alrededor de 200 familias y cuatro sinagogas conocidas, aunque pudo haber más de 20; y es el que mejor ha conservado la fisionomía característica de las viejas juderías: callejuelas, recodos, patinillos... Desde la catedral y el Real Alcázar hasta los jardines de Murillo se extiende este pedazo pintoresco de Sevilla formando un laberinto donde no hay apenas monumentos y museos que visitar pero sí una docena de rinconcitos. 

Comienza el paseo en el patio de Banderas, así llamado por ser el lugar en que se izaban las mismas cuando había algún soberano en el Real Alcázar. En uno de los ángulos de esta amplia plaza rectangular se abre la puerta que da acceso a la plaza del Triunfo y la catedral; y en el rincón contrario lo hace la calle de la Judería, un pasaje cubierto y en zigzag al que algunos denominan el callejón de los Suspiros. La casa que se descubre a la salida, fundida con la muralla almenada del Real Alcazar, debe de ser una de las mas fotografiadas del mundo.

La calle de la Juderia desemboca en otra llamada Vida y muere dos pasos mas alla en la del Agua. Este callejon, que poco habrá cambiado desde la Edad Media, corre pegado a la muralla de marras y se llama como se llama porque por dentro de ésta iban las conducciones de agua que abastecían en su día al Real Alcazar y a la ciudad. En el número 2 puede verse la casa donde residió el estado-unidense Washington Irving mientras escribía los Cuentos de la Alhambra. Alojarse en ella sale por 1600 euros al día, como mínimo.

También tienen su explicación los nombres de las dos primeras bocacalles, Susona y Pimienta. Sin pimienta, según la leyenda, se quedó un judío que tenía un negocio de especias, y andaba lamentándose de ello cuando un cristiano lo consoló con un "Dios porveerá" que al hebreo, como es natural, no lo consoló ni pizca, pero cuál no sería su sorpresa al descubrir, a la mañana siguiente, que había crecido un pimentero a la puerta de su casa. 

La calle de Susona conduce a la plaza de Doña Elvira, lugar cantado en docenas de coplas, ágora recoleta sembrada de azulejos y naranjos donde estuvo el corral en que reprensentó sus primeras comedias Lope de Rueda. Una simpática tradición, que revuelve lo real y lo inventado sin ningún pudor, asegura que aquí nació doña Inés de Ulloa, el "ángel de amor" del Tenerio de Zorrilla. 

La misma tradición afirma que don Juan vino al mundo en una casa en la esquina de la plaza de los Venerables. Por la calle de la Gloria, poco más ancha que un pañuelo, se llega en dos zancadas a esta palza que debe su nombre y su fama al hospital de los Venerables Sacerdotes. Fundado en 1675 para dar asilo a curas enfermos y ancianos, el lugar tiene un templo pintado de arriba abajo por Valdés Leal y su hijo Lucas Valdés; además alberga atractivas exposiciones temporales y acoge, de forma permante, el Centro Velázquez, en el que se exhiben, entre otras obras, el cuadrito Santa Rufina del susdicho, por el que la Fundación Focus-Abengoa, que tiene su sede en el hospital, pagó 12.4 millones de euros en 2007. 

El paseo sigue por las calles Jamerdana, Ximénez de Enciso y Santa Teresa, en cuyo número 8 se alza la casa-museo de Murillo, que fue la última morada del pintor, donde expiró el 3 de abril de 1682, meses después de haberse caído malamente de un andamio en Cádiz, y actualmente está cerrada oir obras de reforma. Justo enfrente queda ek convento de San José, creado en 1586 por Santa Teresa, de la cual se conservan varias reliquias, la más curiosa de todas, el retrato que le hizo fray Juan de la Miseria. "Dios te lo perdone, fray Juan", dicen que le dijo, "que me has pintado fea y legañosa". Tampoco puede visitarse de momento porque están reparando el tejado.

En algún lugar de la vecina plaza de Santa Cruz, está enterrado Murillo. En el centro de la palza, emboscada entre naranjos se yergue la cruz de la Cerrajería, que fue labrada por Sebastián Conde en 1692. Es una imponente cruz-farola de hierro forjado, llena de sierpes, flechas y adornos vegetales puntiagudos.

Se puede continuar por la calle de la Mezquita, encantadora, un pasillito en ele con una farola, y va a dar a la plaza de los Refinadores, señoreada por una escultura de don Juan Tenorio. O se puede salir por el lado contrario hacia la plaza de Alfaro, donde hay un cuco balcón esquinero que a la gente le gusta creer que es el de Rosina, la bella y rica huérfana de la ópera de Rossini "El Barbero de Sevilla".

En cualquiera de ambis casos se llega a la selvática frontera oriental del barrio de Santa Cruz, los jardines de Murillo, antiguas huertas del Real Alcazar que fueron donadas a la ciudad en 1911 y que forman un verde corredor de medio kilometro de longitud. Palmeras y ficus gigantes crean la ilusion de hallarse en un bosque tropical, una jungla con bancos forrados de azulejos. En 1929, durante la Exposición del 29 se erigió un monumento a Colon, diseñado por el arquitecto Juan Talavera y ejecutado por el escultor Lorenzo Coullaut-Varela, que consiste básicamente en un par de columnas con unas carabelas incrustadas a medio fuste, y, en lo alto, un león. Los sevillanos, al no ver la escultura del descrubidor por ningun lado especularon con que se lo habria comido el felino.

Merece la pena recorrer estos jardines y prolomgar el paseo por la calle San Fernando para curiosear en la antigua y tremenda Real Fabrica de Tabacos, hoy Universidad. Enter 1728 y 1771 se construyó esta mole, en donde llegaron a producirse las tres cuartas partes de los puros que se fumanban en Europa, cigarros que más de 3000 mujeres lianban sobre sus muslos. Esto es algo que dejaba boquiabiertos a los viajeros romanticos, incluido Mérimée, que de aquí sacó su "Carmen", el drama de la cigarrera gitana que luego Bizet llevó a la ópera. En la portada principal puede verse esculpido un indio fumando en pipa. Más allá del "Escorial tabaquero" se extiende el parque de Maria Luia, que se visitará en el siguiente paseo.


Barrio de Santa Cruz

Por la orilla del Guadalquivir

Por increíble que parezca, hasta mediados del siglo XIX no hubo otro puente para cruzar a Triana que uno de madera apoyado sobre barcas que ordenó construir Abu Yacub Yusuf hacia 1770; un puente flotante que se pudría y que se iba a paseo en cada crecida, chocando con la imagen de una ciudad que, en sus mejores días, recibía a través de ese mismo río galeones llenos de tesoros y presumía de emporio comercial y cosmopolita. Para jubilar a aquel se inauguró en 1852 el elegante puente de Isabel II o de Triaa, que es de hierro y con estribos de piedra, un calco del antiguo puente parisino del Carrousel que da poco trabajo mantenerlo y mucho juego a los fotógrafos, con sus tres arcos de 43,4 metros de luz enlazados con el tablero mediante anillos circulares de diámetro decreciente, que es como si el Guadalquivir llevase collares.

Abajo del puente se extiende la explanada del antiguo muelle de la Sal, que hoy forma parte de un paseo fluvial arbolado donde la gente corretea, monta en bici o se queda embobada mirando para las casitas blancas, amarillas y rosas del barrio de Triana. También hay quien se acerca al monumento a la Tolerancia de Eduardo Chillida, una pieza de hormigón de cinco metros de alto por 12 de largo. Se instaló el 1 de abril de 1992, 500 años y un día después de que los Reyes Católicos firmasen el decreto de expulsión de los judíos, lo cual explica a qué tipo de tolerancia se refiere el título de la obra.

Dejando atrás la escultura, se llega en un minuto a la altura de la plaza de toros de la Real Maestranza, www.realmaestranza.com. Fue en 1761 cuando comenzó a construirse esta plaza casi redonda, donde caben 12500 espectadores, famosa por su belleza y porque quien triunfa ante su sapiente afición, se consagra. Muy cerca de la puerta del Príncipe, por la que pocos salen a hombros, comienza la visita, que inclute tendidos, el patio de caballos y la capilla. En el museo taurino, situado bajo el graderío, se exhiben desde esculturas de Benlliure hasta la cabeza de Islera, la madre que parió al que mató Manolete, pasando por los trajes de luces, fotografías y carteles tan curiosos como uno de 1916 impreso sobre seda pura. También puede verse la nueva sala de pinturas, inaugurada a finales de 2008, que atesora, entre otras joyas, 12 grabados de "La tauromaquia" de Goya. Lo que no puede verse es un capote pintado por Picasso, porque el museo solo lo tuvo en préstamo durante una temporada.

Poco más adelanta se descubre otra llamativa arquitectura circular de 1991: el Teatro de la Maestranza, una obra de Luis Marin y Aurelio del Pozo a la que los sevillanos, viendo su forma y su cúpula de acero y hormigón de 47 metros de diámetro, notardaron mucho en rebautizar como la "Magefesa". Aquí hay que visitar el hospital de la Caridad (www.santa-caridad.org) que tiene una fachada decorada con terracota y azulejos holandeses del siglo XVIII y, en la iglesia, un montón de murillos y varios cuadros de Valdés Leal, con títulos tan alegres como "FInis Gloriae Mundi" o "In Ictu Oculi". A parte de su valor artístico, que nadie cuestiona, el gran reclamo del lugar es que su fundador fue Miguel de Mañara, caballero sevillano al que la leyenda atribuye una juventud desenfrenada y una dramática conversión, llegando a identificarlos con el personaje de don Juan, a pesar de que el primer don Juan de la historia, el de Tirso de Molina, data de 1629, cuando Mañara era aún un niño.

Ligado al río y a las navegaciones está el palacio de San Telmo, construido en 1682 para formar a niños huérfanos y a jóvenes de la nobleza en el arte de marear. San Telmo es el patrón de los marineros. Luego fue residencia de los duques de Montpensier, seminario y sede de la Presidencia de Andalucía, que es lo que es hoy cuando no está cerrado por obras de rehabilitación, como ahora mismo. También se puede visitar el vecino hotel Alfonso XIII, el más fino de la ciudad.

En este punto nos separamos nuevamente del río y nos metemos en la calle de Palos de la Frontera, entre el palacio y el hotel, dejando a mano izquierda la antigua Fábrica de Tabacos y a la derecha un parquecillo en el que descuella la cúpula del Casino, edificio neobarroco que, junto con el vecino teatro Lope de Vega, fue pabellón de Sevilla durante la Exposición Iberoamericana de 1929. El bar, de ambiente decadentón, es buen lugar para hacer un alto y tomarse un café.

La calle acaba en la glorieta de San Diego, donde se halla el acceso principal al parque de María Luisa, luego buscamos al monumento a Bécquer. El monumento rodea como un anillo el tronco de un corpulento ciprés de los pantanos, que fue plantado en 1850. Esta simbiosis de savia poderosa y piedra perecedera hace el conjunto más romántico de lo que ya es.

Cerca también de la entrada se encuentra la plaza de España, un ágora semicircular de 180 metros de diámetro que está abrazada por una ría y ésta por un edificio de ladrillo con dos altas torres en los extremos y una gran logia claustral en la planta baja. Clásico, románico, renacentista, mudéjar... Todos los estilos anteriores al modernismo se reúnen en este singular escenario arquitectónico, tan heterogéneo y exótico como las películas que en él se han rodado.

Fuentes, estanques, canales e incluso cataratas amenizan el paseo hasta el extremo meridional del parque,, donde se abre la plaza de América. Aquí, cita con la Sevilla milenaria en el Museo Arqueológico, que contiene los tesoros tartésicos del Carambolo, Ebora y Mairena, e infinidad de hermosos mármoles procedentes de Itálica, como los retratos imperiales de Trajano y Adriano.

Se puede regresar arrimándose al río por la avenida de las Delicias, a lo largo de la cual se suceden los viejos pabellones de Argentina, Guatemala, Estados Unidos...