Bien porque sea una verdad aderezada con ciertas dosis de romanticismo, bien porque directamente forme parte de la leyenda, lo cierto es que la relación del flamenco con el tren ha dado para muchas historias. Se cuenta que la evolución de los cantes se produjo gracias al trasiego de los trabajadores en el tren que iba de Sevilla a Cádiz. Los de Lebrija iban a Utrera, los de Jerez a Lebrija, los de Cádiz a Jerez... Y más tarde comenzó el cambio de capitalidad gracias también a este medio de transporte, que reunió a todas las grandes figuras en Madrid a principios del siglo XX. De ahí procede, de hecho, una de las anécdotas más célebres de Caracol el del Bulto, padre de Manolo Caracol. Tras pasar con apuros los desfiladeros de Sierra Morena, la máquina cogió impulso en los llanos de La Mancha. Caracol iba dormido. Y con el nuevo brío de la llanura el aparato pegó dos pitidos de muerte. Entonces el artista se despertó y, con enojo, exclamó: «¡Los cojones, en Despeñaperros!».