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3 paseos por la ciudad

Indice

Un garbeo por el ajarinado cauce del Turia, desde la Ciudad de las Artes y las Ciencias hasta el IVAM, admirando la Valencia del siglo XXI. Otro por el centro gótico, el de la catedral, la Lonja de la Seda y las murallas medievales. Y un tercero por el puerto deportivo y las playas, para descansar de tanto monumento antiguo y ultramoderno.


Modernidades del antiguo Turia

L'Oceanogràfic, el mayor centro marino de Europa, se ha convertido desde su inauguración en 2003 en la atracción número uno de la Ciudad de las Artes y las Ciencias y toda Valencia, con una media anual de 1'400'000 visitantes. El interés casi obsesivo que suscita, unido a su gran extensión y al lógico deseo de amortizar el elevado preciode la entrada, hacen que la gente se tome su tiempo para recorrerlo. De hecho, al iniciar aquí un paseo por la capital se corre el reisgo, muy real, de no avanzar nada. Si se viaja con niños, lo mejor es no hacer planes para el resto de la jornada. Abre todos los días a las 10.00 y cierra entre las 18.00 y las 24.00, dependiendo de la estación.




Las cubiertas parabólicas del edificio central de L'Oceanogràfic, obra póstuma de Felix Candela, dibujan la figura de un nenúfar; un nenúfar de hormigón blanco que parece flotar sobre una masa de agua salada equivalente a la de 15 piscinas olímpicas, en la que habitan 45'000 animales de 500 especies distintas. Para no volverse majara en semejante arca, rebotando cual bola de pinball entre sus nueve torres submarinas comunicadas por pasadizos transparentes de hasta 70 metros de longitud, conviene hacer el recorrido en el sentido de las agujas del reloj, comenzando por los acuarios del Mediterráneo. Y, si no se quiere echar todo el día, centrarse en los cuatro espacios más llamativos: los Humedales, una esfera de 26 metros de diámetro en la que el visitante prácticamente puede acariciar a espátulas, flamencos y otras aves típicas de estos ecosistemas; los Océanos, un acuario de siete millones de litros donde nadan inquietantes tiburones y varias especies de rayas; el Artico, hogar de las gruñonas morsas y las cantarinas ballenas beluga, y el Delfinario, considerado el más grande y mejor de Europa, donde hay varias exhibiciones al día.




Al lado mismo de L'Oceanogràfic, también sobre el cauce desecado del Turia, se erige el Adora, un espacio multiuso en construcción, diseñado por Santiago Calatrava, que pretende ser una moderna plaza pública, cubierta y con partes móviles para favorecer la iluminación y la ventilación: un lugar de descanso y encuentro, adecuado para celebrar conferencias, exposiciones, conciertos o torneos de tenis. Cristal, hormigón blanco, acero y trencadís son los materiales usados en esta obra de 88 metros de altura, que rompe con la horizontalidad del resto de los edificios de la Ciudad de las Artes y las Ciencias.




También rompe, y de qué manera, el puente de L'Assut de l'Or. Inaugurado en diciembre de 2008, este puente atirantado que otros llaman de Serrería, y otros, para que haya más variedad y cachondeo, el Jamonero, aludiendo a su curvilineo mastil de 125 metros, da paso al siguiente espacio visitable: el Museu de les Ciencies Principe Felipe. El esqueleto de una ballena varada en una playa: eso semeja la estructura blanca, descarnada y aparentemente liviana del museo, cuyas costillas se multiplican y prolongan al reflejarse en las aguas del estanque. En sus luminosas entrañas, brillan dos perlas didacticas: un pendulo de Foucault de 30 metros de longitud y 130 kilos de peso que completa su ciclo de giro cada 34 horas, y una molécula de ADN de 15 metros que se reproduce infinitamente si se mira a través del espejo que la sostiene. Talleres, muestras interactivas y simuladores ayudan a cumplir el primer mandamiento del museo: "Prohibido no tocar, no pensar, no sentir". La tercera planta acoge la exposición más grande del mundo dedicada a la biología y la genética, campos en los que Valencia mantiene una fecunda tradición investigadora.




Si el museo es una especie de inmenso esqueleto, el vecino L'Hemisfèric es un ojo grande como un campo de fútbol, con sus parasoles móviles a modo de párpados y, haciendo las veces de pupila, el domo semiesférico de la sala de proyecciones. En su interior hay una pantalla cóncava gigante de 900 metros cuadrados en la que pueden contemplarse 9'000 estrellas, películas en gran formato con sistema Imax y proyecciones laser con efectos luminosos a todo color e imágenes en tres dimensiones. 




El recorrido por la Ciudad de las Artes y las Ciencias se completa paseando por L'Umbracle, un jardín de palmeras, naranjos amargos y esculturas cubierto por un emparrado de arcos metálicos de 19 metros de altura, y admirando la arquitectura del Palau de les Arts Reina Sofia (www.lesarts.com), sin duda la más osada de Santiago Calatrava. Aunque hay que ha comparado este edifcio con un morrión, por la pluma que adorna su cimera, se ha impuesto la mucho más obvia idea de un buque estacionado en el antiguo lecho del Turia: un barco de 210 metros de eslora, 80 de manga y 75 de altura, con relucientes cubertas forradas de trencadis y cuatro salas capaces para un total de 4'000 pasajeros, que sus buenos cuartos pagan para navegar por los pacífico mares de la ópera, la música clásica, el ballet y el teatro.




Dejando atrás la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el paseo prosigue por el cauce ajardinado del Turia, en dirección al puente del Reino, que data de 1999 y es obra del ingeniero Salvador Monleón. También son una feliz invención suya las cuatro grandes gargolas de bronce que lo custodian y que le dan un aire entre gótico y futurista, como de Gotham, la ciudad de Batman. Pegado a él está el parque de Gulliver, un gigante yacente de cerca de 70 metros cuyos brazos, piernas y ropajes ofrecen infinidad de pasadizos y toboganes a los niños valencianos, que aquí disfrutan como liliputienses.




Tras rebasar el siguiente puente, el de Angel Custodio, se descubre otro hito de la arquitectura moderna en Valencia, el Palau de la Musica (www.palaudevalencia.com), proyectado por José Maria de Paredes e inaugurado en 1987. Mas de medio millon de espectadores pasan al año por este auditorio que, interiormente, es equiparable a un Stradivarius, y, exteriormente, a un invernadero. Lo cubre una magnífica bóveda acristalada, una cascada de vidrio que, según donde se mire, parece verter directamente sobre el estanque diseñado pro Ricardo Bofill en el jardín del Turia.




Puentes de muy diversas épocas y hechuras jalonan el siguiente trecho: el de Aragon, racionalista, de 1933; el peatonal del Mar, levantado con piedra sillar a finales del siglo XVI; el de las Flores, que data de 2002 y está siempre rebosante de ellas; el de la Exposición, uno de los cuatro que ha hecho Calatrava en Valencia; el del Real, coetáneo del del mar; el de la Trinidad, gótico, de 1402... A estas arqueadas bellezas hay que añadir la fachada palaciega del antiguo seminario de San Pio V, hoy Museo de Bellas Artes, que aparece a mano derecha, entre la cupula azul de la que fue su iglesia y el verdor de los viveros.



A continuación se atraviesa una zona de campos de futbol y mucha algazara infantil y paterna, zona que vigilan desde la antigua orilla del Turia las torres de Serranos, puerta principal de la ciudad medieval. Pero nuevamente se hacen el silencio y la vegetacion, y por veredas bordadas de chopos, olmos, platanos y palmeras se llega al doble puente de las Artes, diseñado por Norman Foster, que da acceso al IVAM, final de este paseo por la Valencia más verde y vanguardista. Desde aquí, hay casi cinco kilometros hasta el punto de partida, L'Oceanografic, que se pueden hacer comodamente tomando el autobus 95.

Por el rejuvenecido centro gótico

La plaza del Mercado es un buen lugar de partida para adentrarse en el corazón histórico de la ciudad, aquel que en el siglo XV marcó el compás del comercio, la cultura y la política mediterráneos; un viejo corazón que, hace un par de lustros, cuando estaba a punto de pararse, recibió un tratamiento de choque y sus remolazadas arterias comenzaron a llenarse de tiendas alternativas, restaurantes de diseño y puntos calientes, los que más, de la marcha valenciana. Aunque abarca seis barrios, el más emblemático y palpitante, el del Carmen, ha acabado dando nombre a toda la zona.La plaza aparece dominada por la mole férrea y bulliciosa, como una inmensa pajarera, de mercado central. Los arquitectos Francsico Guardia y Alejandro Soler levantaron entre 1914 y 1928 esta grandiosa obra modernista, para lo cual hubo que dejar antes expedito un solar de mas de 8'000 metros cuadrados, derribando el antiguo mercado y tres manzanas con 42 casas. Quizá para compensar, el día de la inauguración se dio una comida en sus naves a más de 2'000 pobres, servida por jovenes de la elite social. Había que ver aquel banquete... Como hay que ver el mercado a las 11.30, cuando más animado está. Y también en Navidad, cuando los puestos compiten en ornamentación y los productos de la huerta con el colorido inmarcesible de los frutos representados en las ceramicas y vidrieras.




Justo enfrente se alza el otro gran edificio que ha habido en la historia mercantil de Valencia, la Lonja de la Seda. Esta maravilla gótica, reconocida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, fue construida por Pere Compte entre 1483 y 1498 y enteramente sufragada por la Taula de Canvis, la primera institución bancaria valenciana. Ademas de sus dos grandes y famosas salas, la de Contratación y la del Consulado del Mar, alberga un poético jardín de cipreses y naranjos, una antigua capilla y una escalera de caracol que conduce al torreón donde se encerraba a los comerciantes tramposos. Una inscripción latina, en la primera sala, también conocida como Salón Columnario, recuerda "qué bueno es el comercio que no lleva el fraude en la palabra, que jura año prójimo y no le falta, que no da su dinero con usura...". Una advertencia que sigue valiendo para los que acuden al mercadillo filatélico dominical que aquí se celebra.




Por el callejón lateral de la Lonja, dedicado a Pere Compte, se accede a la plaza del Doctor Collado y, desde aquí, por la calle de los Derechos, a la curiosisima plaza Redonda, que semeja un ruedo chiquitin, de 35 metros de diametro, con una fuente de cuatro caños en el centro y, en lugar de tendidos, puestos del tiempo del rey que rabió, adornados con azulejos, donde se venden hilaturas, bordados, mantas y ropa de trabajo. Verdaderamente es un milagro que este espacio comercial proyectado por el arquiteto Salvador Escrig al promediar el siglo XIX no haya derivado hacia un tipo de mercadeo mas turistico y que en la Valencia de Calatrava y de la formula 1 aun pueda verse, como es aqui, a alguna mujer haciendo encaje de bolillos. Le dicen cariñosamente el Clot, el hoyo, y algo así es: un agujero en el espacio y en el tiempo.


En la vecina plaza de Lope de Vega se yergue la iglesia de Santa Catalina, de estilo gótico, aunque el elemento por el que es reconocida, y acribillada a fotos, es por su torre hexagonal de finales del siglo XVII, barroca y garbosa como pocas. Rodeando el templo por la calle Sombrereria, camino de la plaza de la Reina, se pasa junto a dos de las horchaterias mas veteranas de la ciudad: El Siglo, fundada en 1836, y Santa Catalina, cuyo letrero de ceramica de Manises asegura que "cuenta con dos siglos de tradicion", sin precisar demasiado, quiza porque no es tan antigua como la anterior.



La plaza de la Reina es el lugar en que se ofrece a los forasteros todo aquello que se supone que les hace felices: oficina de información, coches de caballos, autobuses panoramicos, terrazas y jardincillos de naranjos y cicadaceas (falsas palmeras) donde ensayar con la camara tomas que nadie ha tomado nunca antes de la catedral. A esta última se accede por la puerta de los Hierros, donde los dias de gran afluencia turistica se forman dos colas. La de la derecha es para visitar el templo con audioguia. Aunque dentro hay varios Goyas, el brazo incorrupto del patron san Vicente y una de las mayores custodias de España, el objeto hacia el que se dirigen todas las cabecitas, con el cacharro parlante pegado a la oreja, es para el santo caliz, una copa de agata finamente labrada en algun taller oriental entre 100 y 50 años antes de que Jesuscristo bebiera en ella. El cuento de cómo llegó el grial a la seo valenciana, pasando por el Pirineo oscense, la Alfajeria de Zaragoza e el Real de Barcelona, daria para una entretenida novela historica, si es que no se ha escrito ya.

La otra cola, la de la izquierda, es para subir al Micalet o Miguelete, la torre que aloja las gordas campanas goticas, incluida la que da titulo al edificio, que se fundió en 1539 y pesa 7'514 kilos. Una escalera caracol de 207 peldaño, que se angosta cada vez más y dispone por eso mismo de un semaforo, permite trepar a la terraza escuchando un coro muy poco celestial de resoplidos, fremitos y juramentos en varias lenguas. Siendo mucha la urbe y la tierra que se divisa, la fatigosa experiencia tiene más porcentaje de rito que de interes autentico, como ocurre en casi todas las torres donde se cobra entrada.




Detras de la catedral se encuentra el yacimiento arqueologico de L'Almoina, donde pueden verse desde unas termas romanas del siglo II antes de Cristo hasta un pozo medieval. Aunque se halla bajo tierra, es posible echar un vistazo desde la misma calle, a través de un espectacular estanque-lucernario de 300 metros cuadrados. Y al lado está el Almudín, almacén de grano medieval, vital en su día para el abastecimiento de la ciudad, que ahora es una espléndida sala de exposiciones. 


En la otra plaza que queda detrás de la catedral, la de la Virgen, nace la calle de los Caballeros, que fue el decumanus o arteria principal de la ciudad romana y hoy lo es del barrio del Carmen. También fue la via mas apetecida por los aristocratas de los siglos XV y XVI para plantar sus palacios: el de los Malferit... En su arranque destaca la poderosa presencia del Palau de la Generalitat, otra buena pieza del gótico civil valenciano, que comenzó a construirse en el siglo XV. El salón Dorado y el de las Cortes, con sus suntuosos artesonados, son lo que gusta más. En las obras colaboró el mestre Pere Compte, el mismo de la Lonja.


Al rodear el palacio se descubre la hermosa plaza de Manises, que parece sacada de alguna ciudad de la Italia renacentista, con edificios como el palacio de Jáudenes y el de los Scala. Y sólo resta, para acabar el paseo , dirigirse por la calle de Serranos a la plaza de los Fueros. Aquí se erigen, desde finales del siglo XIV, las torres de Serranos, puerta de acceso a la ciudad medieval atribuida a Pere Balaguer, que también anduvo en la construccion del Micalet. Obviamente, como cabe deducir por la magnificiencia de su arquitectura y su elaborada ornamentacion, mas que para defenderse, era una puerta para fardar; no para dar leña, sino envidia. Los rusticos del montuoso interior que se acercaban a la ciudad por el norte quedaban asi estupefactos.

La ciudad marítima

Lo logico, por aquello de ver y recordar las cosas en el orden en que sucedieron, es comenzar este recorrido por el litoral urbano visitando su espacio mas antiguo, las Reales Atarazans. Construidas a lo largo de los siglos XIV, XV y XVI, estas amplias naves de ladrillo, con arcos diafragma de perfil apuntado y techumbre de madera a dos aguas, sirvieron para fabricar y reparar los barcos de la potencia maritima que fue Valencia en la Edad Media, y cuando ese poderío se sefumó, para todo, desde almacén de sal hasta cine. Hoy son una majestuosa sala de exposiciones temporales, a donde la gente acude atraida menos por el contenido que por el continente. Buena parte del brillo de esta joya del gotico civil se debe a Pere Compte, el Santiago Calatrava del cuatrocientos.





Muy cerca, al final de la avenida del Puerto se descubre el inconfundible edificio del Reloj, blanco, torreado y de clara inspiracion francesa, que desde principios del siglo XX ha marcado la hora de entrada y salida de los barcos de pasajeros. Restaurado a fondo, conserva su valor referencial, pues es lo primero que ve quien se acerca a la Marina Real Juan Carlos I, el puerto deportivo creado con motivo de la Copa de America de 2007. La blancura de esta antigua estacion maritima, que hoy alberga oficinas de la autoridad portuaria y muestras puntuales, contrasta con el negro cubo acristalado de la vecina Casa de la America's Cup, donde puede verse una exposicion audiovisual sobre la larga historia de la regata.




El paseo continúa hacia este lado, bordeando uno de los monmumentales tinglados modernistas que fueron construidos para almacenar mercancias en la segunda decada del siglo XX y en los que destaba la decoracion alusiva al comercio y la navegacion y los mosaicos ceramicos de tematica valenciana. Probalemente sean los cobertizos mas finos y artisticos que el paseante hay visto nunca. Este y otros dos tinglados que hay en la zona sur de la Marina han dado mucho juego en los ultimos tiempos, albergando exposiciones y restaurantes durante la celebarcion de la Copa America, o los boxes y el paddock de la carrera de formula 1 en el circuito urbano de Valencia. 




Mas alla del tinglado, se suceden a lo largo de los muelles las bases de los equipos participantes en la Copa America, incluida la del Desafio Español. Hay tambien una gran grua roja, testimonio de una epoca, anterior a los contenedores, en que las mercancias de los cargueros eran izadas a sacas, cajas o barriles. Justo aquí, interesa desviarse a la izquierda para, despues de cruzar la calle del Doctor Juan Jose Domine, subir por la de Francisco Cubells hasta la del Rosario, en cuyo numero 1 abre sus puertas el Museo del Arroz. En realidad, se trata de un antiguo molino de arroz, que fue construido a principios del siglo XX y estuvo en uso hasta la decada de los setenta, llegando a procesar 20 toneladas al dia; un molino que ha sido reparado y vuelto a poner en marcha para mostrar al visitante como se transformaba antaño el arroz cascara procedente del campo en el grano blanco apto para el consumo, pasando por zarandas, descascaradoras, blanqueadoras, clasificadoras, triarpalayes, dosificadoras, matizadoras y ensacadoras. Las máquinas de madera, el laberinto de las tuberías por las que circula el grano y las poleas y correas que transmiten a aquellas el movimiento del motor electrico pueden parecer antedilvianos, pero el proceso industrial actual, segun se muestra en unos monitores del museo, no ha variado apenas en los sustencial.




De vuelta en la Marina, el siguiente objetivo es el edifcio Veles e Vents, obra impactante del arquitecto britanico David Chipperfield (1953) y del madrileño Fermin Vazquez (1961), que ha quedado como un icono del paso de la Copa America por Valencia. Curiosamente, el que fue edificio de invitados de la regata, tan moderno él, toma su nombre de un poema del valenciano Ausias March, en que invocaba la fuerza de los vientos, allá en el siglo XV. Sus enormes terrazas con suelo de madera son un mirador de lujo desde el que se domina el puerto, la ciudad y las playas de las Arenas y la Malvarrosa. En la planta baja, hay un restaurante de decoración minimalsita y una terraza chill out, que, junto con otros establecimientos del entorno, hacen de ésta una buena zona para estarse a la luna de Valencia. No obstante, conviene advertir que muchos locales solo abren de mayo a octubre, por lo que el resto del año el lugar esta matarile. 




Merece la pena, sea cual sea la época, adentrarse en el mar caminando por la escollera de bloques de hormigon de hipnotizadora geometria. A un lado, se ven los barcos que amarran en la dársena deportiva; al otro, el que será el próximo hito de este paseo, la playa de las Arenas. Sobre la misma escollera abre todo el año el restaurante y bar de copas 39º27N, blanco, diáfano y acristalado, que está en un sitio muy bien elegido, por la vista y porque los turistas pasan por aquí de todas, todas.


Otros restaurantes distintos, ni mejores, ni peores, copan la primera linea de la playa de las Arenas. Son lugares especializados en arroces y mariscos, alguno con mas de cien años de antigüedad, sucesores de los barracones de madera donde los bañistas comían y se refrescaban a principios del siglo XX, cuando la burguesía valencian bendijo con su presencia este rincón del Mediterráneo; largos y estrechos, para aprovechar al máximo el terreno, aquellos chiringuitos se montaban cada verano en lugares adjudicados por sorteo, hasta que en 1923 un temporal los arrasó y se decidió hacerlos de obra. La estrategia de estos establecimientos es que lo primero que vean los clientes al entrar sea la cocina, para que se les avive el apetito.

Hablando de sucesores, el edificio que aparece seguidamente, con pinta de casino de Las Vegas, es el continuador del balneario de las Arenas, levantado en 1898 y hoy convertido en un lujoso monstruo de 253 habitaciones, con 8'000 metros de jardines, spa, auditorio y 15 salones de reuniones. Los pabellones a guisa de templo griego y la piscina con trampolines son su vistosa herencia. 

La playa de las Arenas se funde con la de la Malvarrosa, la de los cuadros de Sorolla. Amigo suyo, fue Vicente Blasco Ibañez, que pasó aquí largas temporadas estivales antes de decantarse por la mas cosmopolita Costa Azul. En la calle de Isabel de Villena, al final del paseo maritimo, se alza la casa-museo Blasco Ibañez, un chalé de tres plantas con hermoso jardín, lleno de objetos personales del autor de "La barraca", obras de artistas con los que intimó y primeras ediciones de sus novelas.




El regreso a la zona del puerto se puede hacer por la misma calle del museo y su prolongacion, Eugenia Viñes. Jalonan la primera viejas villas burguesas; la segunda, en cambio, tiene un aire más marinero, con edificaciones bajas pertenecientes a los antiguos calafates y almacenes de pescado del barrio del Cabanyal.