El Albaicin es el origen de la actual Granada que, antes que cristiana y musulmana, fue romana e íbera. El paseo por este barrio singular discurre entre tortuosas cuestas empedradas, flanquedas por casas de blancura inmaculada que se abren a pequeños jardines casi secretos. Como el vecino Sacromonte, es un barrio de alma y fisionomía musulmana, con vocación integradora y futuro cosmopolita que embruja a todo aquel que lo visita. Le ocurrió, por ejemplo, a dos estadounidenses que vivieron en la ciudad un tiempo: Washington Irwing y Bill Clinton. Y también a Manuel de Falla, a Isaac Albeñiz y a otros tantos artistas e intelectuales que se sintieron cautivados por su belleza y autenticidad.

Este paseo también comienza en la plaza Nueva, frente al edificio de la Real Chancillería. Dejándolo a la izquierda, se entra en la carrera del Darro, paralela al curso de ese río, afluente del Genil. Antes se puede visitar la iglesia de Santa Ana, del siglo XVI y de estilo mudéjar, una más de las obras que Diego de Siloé, el arquitecto de la catedral granadina, dejó para la posteridad. Dejando a la derecha este templo se llega hasta el puente de Cabrera que, por une lado, conduce hasta la colina de La Alhambra y, por el otro, hasta las entrañas del Albaicin y, antes, al convento de Santa Ines, fundado en el siglo XVI. El puente y su entorno constituyen una de las imágenes mas reconocibles de Granada.

En la siguiente manzana está el Bañuelo, entre los baños árabes mejor conservados de la Península y un buen ejemplo de la arquitectura musulmana civil, que se contruyó en el siglo XI. Al visitarlo no es difícil evocar los momentos de relajación en torno al agua, sobre todo en la sala central, una buena idea: revivir los ambientes de los hammams en los baños árabes situados en la calle de Santa Ana, paralela a la carrera del Darro; www.granada.hammamspain.com. En frente del Bañuelo están los restos del puente del Cadí, también del siglo XI, que además servía como compuerta para la regulación de las aguas del Darro. Sin perder de vista la ría, se llega enseguida hasta la Casa del Castril, hoy Museo Arqueológico Provincial y obra de Diego de Siloe por que será fácil adivinar que se construyó en el siglo XVI. La casa tiene una bella fachada plateresca y una no menos impresionante escalinata cubierta por un artesonado.
La carrera desemboca en el paseo de los Tristes. La razón de ese nombre es que por aquí pasaban los cortejos fúnebres que se dirigían hacia el cementerio situado detrás de la Alhambra. Aún así, es fácil imaginar la tristeza en los ojos de aquellos andalusíes que contemplaron desde aquí, por última vez, la belleza de los palacios nazaríes. Porque ese es el gran aliciente de este lugar: las vistas a la Alhambra. De hecho, sentarse en cualquiera de sus terrazas supone un auténtico lujo para todos los sentidos.

Tras el merecido descanso contemplativo, se continúa hasta el final del paseo. A la izquierda están la cuesta del Chapiz y la entrada al palacio de los Cordova, reconstrucción del siglo XIX siguiendo los planos del edificio original del siglo XVI que se encontraba en la placeta de las Descalzas. Alberga el archivo municipal y suele acoger la celebración de diferentes actos institucionales. Pero si por algo destaca este lugar es por la belleza de sus jardines y las magnificas vistas a la Alhambra.

Hacia la mitad de la cuesta está la Casa del Chapiz, que no es una, sino dos construcciones de estilo mudéjar levantadas sobre un palacio musulman. Hoy es la sede de la Escuela de Estudiso Arabes y entre sus estancias destaca el patio de la casa principal con es estanque y las galerias profusamente decorados con motivos islámicos.
Justo aquí es donde comienza la cuesta que asciende la ladera del Sacromonte. El barrio, musulman antes que gitano y hoy más reclamo turístico que zona residencial, lo cierto es que sigue manteniendo su encanto, sobre todo si se tiene la oportunidad de visitar sus cuevas, algunas reconvertidas en museos particulares, como la de la Faraona, la de la Rocio, la de Manolo Amaya o la de Pitirili. Incluso en la calle del Barranco de los Negros hay un museo oficial etnográfico, Museo Cuevas del Sacromonte que permite comprender como se vivía en el barrio hasta hace realmente muy poco. La colina está coronada por la abadía del Sacromonte, del siglo XVII. Antes de su construcción tuvo lugar aquí una curiosa anecdota, pues se descubrieron unas tablillas de bronce que, supuestamente, revelaban un origen musulman del apsotolado cristiano. Algo de especial importancia, pues el hallazgo tuvo lugar en épocas convulsas. De hecho, se demostró su falsedad y que había un vano intento de algunos moriscos por evitar su expulsion de España.

Hay que regrear al Chapiz para continuar con el paseo por el Albaicin. Al final de la cuesta se divisa la silueta de la iglesia de El Salvador, otra más de las obras de Diego de Siloe, aunque queda poco de este templo destruido por un incendio durante las revueltas moriscas de mediados del siglo XVI y reconstruido luego en el XVII.
Desde aquí, y tras pasar por la plaza de la Aljive Polo y la callejuela de los Panaderos, se llega a la plaza Larga, centro social del Albaicin, jalonado por tiendas tradicionales y algunas agradables terrazas. Este es el núcleo originario del barrio, cuyas calles crecieron, precisamente, desde aquí. Una de ellas, el callejón del Agua, donde es facil imbuirse del ambiente morisco, gracias a las casas de aquella época que aún lo flanquean.
Junto a la plaza Larga está también la puerta Nueva (o de las Pesas) que, paradojicamente, es la mas antigua de las que se abrían en la muralla. Si se llama asi es porque fue la última que descubrieron las tropas cristianas, pues estaba tapiada. Este es el inicio del tramo mejor conservado dela muralla Ziri que, pese a llevar el nombre de la dinastía fundadora de la ciudad de Granada, incluye lienzos construidos por iberos y romanos. Una buena panorámica de las murallas se obtiene desde el cercano mirador de San Cristóbal, pero cuya mas importante misión, siglos después, fue como residencia de Fatima, madre de Boabdil, tras ser apartada de la corte por su marido, Muley Hacen. Los mas destacable del palacio es la minuciosa decoración, siguiendo los motivos repetidos en otras obras nazaríes. Una parte del monumento fue mandada destruir por la Reina Católica para construir un convento, el de Santa Isabel la Real, en el que se mezclan los estilos gótico, mudéjar y renacentista, y que destaca por la calidad de sus artsonados.
Casi anexo al convento se puede visitar uno de los hoteles mas auténticos de Granada, hotel Santa Isabel la Real, con 11 habitaciones distribuidas en torno a un patio andaluz y con bellísimas vistas al Albaicin. Desde él y siguiendo la calle del mismo nombre se continúa hasta el cruce con Maria de la Miel, a la izquierda. La segunda callejuela, a la derecha, lleva hasta la plaza de San Nicolas, presidida por la iglesia y mirador homonimos desde donde se divisa la panorámica mas famosa de la ciudad, con la Alhambra como protagonista.
También se puede rematar el paseo de otra forma: desde el exterior de la muralla Ziri, siguiendo la cuesta de la Alhacaba hacia la plaza del Triunfo y la calle de Elvira. La puerta que se encuentra en esta plaza fue la mas importante de cuantas daban acceso a la ciudad posmusulmana, pues por ella pasaban los reyes.

Después, siguiendo la acera de San Ildefonso, los pasos conducen hacia el Hospital Real, del siglo XVI y realizado por Enrique Egas. Un sobrio y funcional edificio que respondía perfectamente a su función como institución sanitaria. Hoy es sede de los servicios centrales de la Universidad de Granada. El paseo se completa con la visita al monasterio dela Cartuja, siguiendo la acera de San Ildefonso, la calle Real de la Cartuja y el paseo de la Cartuja. Tan larga caminata tiene como recompensa uno de los monumentos religiosos más espectaculares de la ciudad. Aunque del original, construido en el siglo XVI por iniciativa de Gonzalo Fernandez de Cordoba, el Gran Capitan, apenas quedan algunos espacios, esto no resta mérito a las construcciones posteriores: la iglesia, con el espectacular altar mayor, o la sacristia, repleta de obras artísticas y realizada en un deslumbrante estilo barroco. La Cartuja es, sin duda, un brillante colofón a los paseos por una de las ciudades más cautivadoras de España, llena de propuestas para todo tipo de viajeros.